El Estado de
Bienestar
Los creadores del Estado del bienestar reconocieron, en coincidencia con el diagnóstico de los marxistas, que en el capitalismo la acumulación de riqueza por los propietarios implica el empobrecimiento de los no propietarios. Pero el Estado de bienestar, en confrontación con el diagnóstico de los marxistas, no se proponía eliminar las causas de este fenómeno tan negativo –que hacía impopular al capitalismo–, sino sólo los efectos: únicamente aspiraba a atenuar los conflictos que se derivan de tales diferencias. El gran instrumento de esta auto-reforma del sistema capitalista es el sistema fiscal, que atiende a la subvención de las actividades del Estado y, sobre todo, a una redistribución menos discriminatoria de la riqueza producida.
De acuerdo con Keynes, a quien corresponde la paternidad del Estado social, éste se propone la combinación y conjunción de un crecimiento económico ilimitado, por un lado, y por el otro, una mejor redistribución de la riqueza, una mayor justicia social, lo que queda resumido en la llamada fórmula keynesiana: Desarrollo económico más bienestar social.
Aquí el Estado aparece no sólo como garante del orden público, de la defensa exterior y del imperio de la ley, sino como distribuidor más justo de la riqueza, como protector de los sectores más débiles y, sobre todo, como previsor de futuro para los más pobres; gracias al Estado, el individuo se encuentra amparado literalmente desde la cuna a la tumba, porque el Estado está presente de modo eficaz en todos los momentos de la vida de la persona. El capitalismo, que se había mostrado profundamente celoso de las intromisiones del Estado en la sociedad, utiliza ahora a aquél para irrumpir en ésta.
El llamado compromiso socialdemócrata expresa muy bien la gran operación del Estado de bienestar keynesiano. Aquí el movimiento obrero renuncia a poner en cuestión las relaciones de producción –a poner en cuestión la propiedad privada–, a cambio de la garantía de la intervención estatal en el proceso de redistribución a fin de asegurar condiciones de vida más igualitarias, seguridad y bienestar a través de los servicios, asistencia y defensa del empleo. Existe un compromiso o acuerdo entre clases instituido políticamente, mediante el cual los trabajadores aceptan prácticamente todo, a cambio de la seguridad de un nivel mínimo de vida y de los derechos liberal-democráticos. Como consecuencia, las organizaciones de la clase obrera (sindicatos y partidos políticos) reducen sus reivindicaciones. Crecimiento económico y seguridad social son indispensables, pues cada clase debe prestar atención a los intereses de la otra clase. Las clases poseedoras aceptan las políticas de redistribución de las rentas, a cargo del Estado, pero exigen la intangibilidad de los fundamentos de la producción capitalista: la propiedad privada de los medios de producción, sin limitación. Las clases subalternas aceptan esa intangibilidad de los fundamentos de la producción a cambio de la política de rentas y del reconocimiento, por las clases propietarias, de sus propias instituciones (partidos y sindicatos). Es lo que se denomina la “reconciliación de capitalismo y democracia”.
El fundamento ideológico del Estado de bienestar se encuentra en la tesis keynesiana de que la economía no es capaz por sus propios resortes de lograr el equilibrio con pleno empleo de los recursos. Al contrario, Keynes llegó a demostrar que se puede alcanzar la situación de equilibrio (una situación de la que la economía no esta en condiciones de salir de sí misma), pero manteniendo un alto grado de desempleo. Tal situación no era, por supuesto, deseable. Y, sin embargo, ante ella no cabía más alternativa que forzar las cosas desde fuera para reactivar la economía y salir del desempleo. Esta tarea era responsabilidad del Estado. Ahora bien, puesto que para Keynes la causa última de este estancamiento era la resistencia a invertir (él estaba convencido –en contra de sus predecesores– de que el ahorro no se transformaba automáticamente en inversión), dos posibles caminos se ofrecían al Estado para contrarrestar esta tendencia: gastar él más de lo que podía, endeudándose a través del déficit público (política fiscal), o abaratar el dinero mediante tipos de interés bajo que animaran a la inversión retraída (política monetaria). La solución fue un Estado intervensionista cuya política estaba a mitad de camino entre la política fiscal y la política monetaria.
El Estado de bienestar se caracteriza por:
1. Intervensionismo
en la política económica. En el Estado de bienestar, y bajo la inspiración
keynesiana, se han abandonado en la práctica algunos de los elementos de la
teoría liberal del Estado, y así ha dejado de ser no intervensionista,
estimándose que llega a controlar entre el 40-50% del PIB.
2. Intervención
en el mercado de trabajo en orden a la promoción del pleno empleo. Para
ello el Estado de bienestar hubo de regular un tanto paternalista y
coactivamente las condiciones de seguridad y de higiene en el trabajo, así como
el salario mínimo interprofesional, que es progresiva y frecuentemente
actualizado.
3. Presidir
las “negociaciones colectivas”. El Estado de bienestar actúa de árbitro en
negociaciones a tres bandas, con la presencia de los sindicatos y la patronal
4. Procurar
la seguridad social para toda la población.
5. Generalizar
un alto nivel de consumo. Tal pretensión estaba fundada en la idea de que
el consumo estimula la creación de puestos de trabajo y, por ende, la promoción
del empleo, de suerte que la mejor inversión estaría en la obtención de un
universo de consumidores; por otro lado, los consumidores se convierten, por
serlo, en elementos integrados en el sistema.
6. Garantizar
un nivel de vida mínimo incluso para los marginados. En el Estado de
bienestar se da una explosión del “gasto social” que tiene como contrapartida
la obtención de un “voto cautivo”, un voto fiel de aquellos ancianos, parados,
etc., cuya supervivencia depende de la citada subvención estatal.
7. Subsidiar
políticas educativas y culturales. De este modo se obtiene el control de
las ideologías y de los intelectuales, gracias al sistema de subvenciones y
asignaciones controladas, favorables a los fieles y sumisos al sistema, y
contrarias a sus críticos.
8. Intervenir
con políticas monetarias y presupuestarias. Con ello se trata de evitar la
caída de la economía así como aquellos procesos sociales que puedan terminar en
revoluciones o revueltas.
En definitiva, los criterios más importantes del estado de bienestar son:
1. Globalización:
el Estado de bienestar se dirige a toda la población, tanto activa como pasiva,
y se extiende a todas las necesidades básicas sociales de la persona.
2. Política
activa contra la marginación: las personas y los grupos marginados o
marginales podrán encontrar las condiciones que les posibiliten ejercer sus
derechos reconocidos legalmente para todos los ciudadanos.
3. Prevención:
esta actuación intenta conocer los problemas, dándoles una solución previa.
4. Generalización:
sin tener en cuenta las diferencias basadas en el estatus social, en sus
recursos culturales, económicos, sanitarios, etc., deben reconocerse los
derechos del hombre fundamentales: vivienda, trabajo, alimentación, etc.
5. Autonomía:
los entes autonómicos o los Estados federales disfrutan de su propia capacidad
de planificación en sus territorios.
6. Participación:
el usuario de los servicios también debe participar en la resolución de sus
propios problemas.
7. Coordinación:
las políticas de solidaridad deben actuar coordinadamente, sin que los
diferentes ámbitos políticos se interfieran negativamente en su repercusión en
la donación de servicios.
EL DESMANTELAMIENTO DEL ESTADO DE BIENESTAR:
Luego de la crisis del petróleo (1973) que afectó a todo el
sistema capitalista, se comenzó a debatir sobre las funciones que había llevado
a cabo hasta entonces el Estado como garante del funcionamiento del mismo
sistema. Una de las principales críticas que nacían desde los sectores
neoliberales era que, justamente el Estado, denominado en el periodo 1930 –
1970 como “Estado de Bienestar” o “estado Benefactor”, basado en las teorías
económicas de Keynes, era el culpable de la crisis del momento y por
lo tanto debía ser reformulado. Es decir, según los postulados neoliberales el
Estado debía dejar de intervenir en la economía, no solo como controlador sino
también como generador y distribuidor de riquezas, ya que estas últimas
funciones hacían que el Estado elevara considerablemente su presupuesto dejando
sin ganancias a las grandes empresas. De esta forma se ponía en lugar central,
para la salida de la crisis, a la reducción de los gastos del Estado.
A partir de los años 80, con el triunfo de las posturas
neoliberales en lo económico y de la llegada al gobierno de
representantes de éstos en los principales países del
mundo, se puso en marcha, en la mayoría de los Estados capitalistas, una serie
de planes de ajuste y recortes presupuestarios en áreas como salud y seguridad
social.
Las consecuencias no se hicieron esperar demasiado: aumento
de la desocupación, despidos producidos por el propio Estado y por las empresas
privadas, brusca disminución de las ventas debido a la pérdida del poder
adquisitivo de los trabajadores, privatizaciones en todas las áreas, suspensión
o cierre definitivo de servicios que cumplían funciones sociales (transportes,
educación, salud, etc.).
Otra de las consecuencias que trajo aparejada el
desmantelamiento del “Estado de Bienestar” y su papel regulador de la
relaciones entre los empresarios privados y los trabajadores, fue la pérdida,
por parte de los sindicatos, de su poder de negociación ante las medidas
neoliberales y de la homogeneidad en sus reclamos.
El fuerte aumento del desempleo, el cierre de empresas y el
deterioro de las condiciones de trabajo, presionaron a los que todavía
conservaban su puesto, a aceptar nuevas condiciones de “flexibilidad” laboral.
Estas “facilidades” brindadas a los particulares fueron aprovechadas para bajar
costos laborales directamente con la disminución de salarios y de esta manera
recuperar o mantener los niveles de ganancia.
La excusa era que el Estado era ineficiente, y que sus
gastos generaban inflación. Para “corregir” estas deficiencias, se aplicaron
ajustes de todo tipo, que los trabajadores, desmovilizados por el miedo a más
pérdidas de empleos, no tuvieron más remedio que aceptar.
Al mismo tiempo, la “revolución tecnológica” de los ´70,
había provocado una alta tecnificación de la industria, con la consecuente
disminución de la mano de obra y la especialización de la misma. El desempleo
aumentó el número de trabajadores marginales o informales, con trabajos
temporales, artesanales o de servicios alternativos (transporte, seguridad,
etc.).
Esta situación generó diferentes tipos de trabajadores
(heterogeneidad de la clase trabajadora): por un lado unos muy especializados,
trabajando en empresas con cierta estabilidad y con mayor capacitación; otros,
trabajadores “flexibilizados”, con una gran inestabilidad laboral y otros
directamente desocupados, marginados o caídos del sistema laboral.
Evidentemente esto significó un quiebre en la unidad (homogeneidad) de la clase
trabajadora y en los reclamos obreros.
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