Edad Contemporánea es el nombre con el que
se designa el periodo histórico comprendido entre la Revolución francesa y la actualidad.
Comprende un total de 223 años, entre 1789 y el presente. La humanidad
experimentó una transición demográfica, concluida para las
sociedades más avanzadas (el llamado primer mundo)
y aún en curso para la mayor parte (los países
subdesarrollados y los países recientemente industrializados),
que ha llevado su crecimiento más allá de los límites que le
imponía históricamente la naturaleza, consiguiendo la generalización del consumo
de todo tipo de productos, servicios y recursos naturales que han elevado para
una gran parte de los seres humanos su nivel de vida
de una forma antes insospechada, pero que han agudizado las desigualdades sociales y espaciales
y dejan planteadas para el futuro próximo graves incertidumbres medioambientales.1
Los acontecimientos
de esta época se han visto marcados por transformaciones aceleradas en la
economía, la sociedad y la tecnología que han merecido el nombre de Revolución industrial, al tiempo que se
destruía la sociedad preindustrial y se construía una sociedad de clases presidida por una burguesía
que contempló el declive de sus antagonistas tradicionales (los privilegiados)
y el nacimiento y desarrollo de uno nuevo (el movimiento
obrero), en nombre del cual se plantearon distintas alternativas al capitalismo.
Más espectaculares fueron incluso las transformaciones políticas e ideológicas
(Revolución liberal, nacionalismo,
totalitarismos);
así como las mutaciones del mapa político mundial y las mayores
guerras conocidas por la humanidad.
La ciencia y la cultura entran en un periodo de extraordinario desarrollo y
fecundidad; mientras que el arte contemporáneo y la literatura contemporánea (liberados por el
romanticismo
de las sujeciones académicas y abiertos a un público
y un mercado
cada vez más amplios) se han visto sometidos al impacto de los nuevos medios de comunicación de masas
(tanto los escritos como los audiovisuales), lo que les provocó una verdadera crisis de identidad
que comenzó con el impresionismo y las vanguardias
y aún no se ha superado.2
En cada uno de los planos principales del devenir
histórico (económico, social y político),3
puede cuestionarse si la Edad Contemporánea es una superación de las fuerzas
rectoras de la modernidad o más bien significa el periodo en que triunfan y
alcanzan todo su potencial de desarrollo las fuerzas económicas y sociales que
durante la Edad Moderna se iban gestando lentamente: el capitalismo
y la burguesía;
y las entidades políticas que lo hacían de forma paralela: la nación
y el Estado.
En el siglo XIX,
estos elementos confluyeron para conformar la formación social histórica del estado
liberal europeo clásico, surgido tras crisis del Antiguo Régimen. El Antiguo
Régimen había sido socavado ideológicamente por el ataque intelectual de la Ilustración
(L'Encyclopédie, 1751) a todo lo que no se
justifique a las luces de la razón por mucho que se sustente en la tradición,
como los privilegios
contrarios a la igualdad (la de condiciones jurídicas, no
la económico-social) o la economía
moral4
contraria a la libertad
(la de mercado, la propugnada por Adam Smith
-La riqueza de las naciones, 1776).
Pero, a pesar de lo espectacular de las revoluciones
y de lo inspirador de sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad
(con la muy significativa adición del término propiedad),
un observador perspicaz como Lampedusa pudo entenderlas como la
necesidad de que algo cambie para que todo siga igual: el Nuevo Régimen
fue regido por una clase dirigente (no homogénea, sino de
composición muy variada) que, junto con la vieja aristocracia
incluyó por primera vez a la pujante burguesía responsable de la acumulación de capital. Ésta, tras su
acceso al poder, pasó de revolucionaria a conservadora,5
consciente de la precariedad de su situación en la cúspide de una pirámide cuya
base era la gran masa de proletarios, compartimentada por las fronteras
de unos estados nacionales de dimensiones compatibles
con mercados nacionales que a su vez controlaban un
espacio exterior disponible para su expansión
colonial.
En el siglo XX
este equilibrio inestable se fue descomponiendo, en ocasiones mediante
violentos cataclismos (comenzando por los terribles años de la Primera Guerra Mundial, 1914-1918), y en
otros planos mediante cambios paulatinos (por ejemplo, la promoción económica,
social y política de la mujer). Por una parte, en los países más desarrollados,
el surgimiento de una poderosa clase media,
en buena parte gracias al desarrollo del estado del bienestar o estado social
(se entienda éste como concesión pactista al desafío de las expresiones más
radicales del movimiento obrero, o como convicción propia del
reformismo
social) tendió a llenar el abismo predicho por Marx y que debería llevar
al inevitable enfrentamiento entre la burguesía y el proletariado. Por la otra,
el capitalismo fue duramente combatido, aunque con éxito bastante limitado, por
sus enemigos de clase, enfrentados entre sí: el anarquismo
y el marxismo
(dividido a su vez entre el comunismo y la socialdemocracia).
En el campo de la ciencia económica, los presupuestos del liberalismo clásico fueron superados (economía neoclásica, keynesianismo
-incentivos al consumo e inversiones públicas para frente a la incapacidad del
mercado libre para responder a la crisis de
1929- o teoría de juegos -estrategias de cooperación
frente al individualismo de la mano
invisible-). La democracia liberal fue sometida durante el período de entreguerras al doble desafío
de los totalitarismos estalinista
y fascista
(sobre todo por el expansionismo de la Alemania nazi,
que llevó a la Segunda Guerra Mundial).6
En cuanto a los estados nacionales, tras la primavera de los pueblos (denominación
que se dio a la revolución de 1848) y el periodo presidido por la unificación alemana e italiana (1848-1871), pasaron a ser el
actor predominante en las relaciones internacionales, en un proceso
que se generalizó con la caída de los grandes imperios
multinacionales (español desde 1808 hasta 1898; ruso,
austrohúngaro
y turco
en 1918, tras su hundimiento en la Primera Guerra Mundial) y la de los imperios coloniales (británico, francés, holandés, belga tras la Segunda). Si bien numerosas
naciones accedieron a la independencia durante los siglos XIX y XX, no
siempre resultaron viables, y muchos se sumieron en terribles conflictos
civiles, religiosos o tribales, a veces provocados por la arbitraria fijación
de las fronteras, que reprodujeron las de los anteriores imperios coloniales.
En cualquier caso, los estados nacionales, después de la Segunda Guerra Mundial, devinieron en
actores cada vez menos relevantes en el mapa político, sustituidos por la política de bloques encabezados por los Estados
Unidos y la Unión Soviética. La integración supranacional
de Europa (Unión Europea) no se ha reproducido con éxito
en otras zonas del mundo, mientras que las organizaciones internacionales,
especialmente la ONU,
dependen para su funcionamiento de la poco constante voluntad de sus
componentes.
La desaparición del bloque comunista ha dado paso
al mundo actual del siglo XXI, en que las fuerzas rectoras
tradicionales presencian el doble desafío que suponen tanto la tendencia a la globalización
como el surgimiento o resurgimiento de todo tipo de identidades,7
personales o individuales,8
colectivas o grupales,9
muchas veces competitivas entre sí (religiosas, sexuales,
de edad, nacionales, estéticas,10
culturales, deportivas,
o generadas por una actitud -pacifismo, ecologismo, altermundialismo-
o por cualquier tipo de condición, incluso las problemáticas -minusvalías,
disfunciones,
pautas de consumo-).
Particularmente, el consumo define de una forma tan importante la imagen que de sí
mismos se hacen individuos y grupos que el término sociedad de consumo ha pasado a ser sinónimo de
sociedad contemporánea.11
Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Edad_Contempor%C3%A1nea
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