Clarin.com 21/01/2003
El Mercosur como proyecto estratégico
La decisión de Argentina y Brasil de dar un nuevo impulso revitalizador al Mercosur se inscribe en un momento crucial, tanto para la inserción económica y geopolítica de la región en el concierto internacional como para las oportunidades y desafíos internos de ambos países.
Tanto Brasil como Argentina enfrentan difíciles frentes externos y complejos problemas domésticos, con deudas elevadas y problemas presupuestarios. En ambos casos, además, los gobiernos y las sociedades civiles deben remontar graves situaciones de exclusión, pobreza, desatención sanitaria y educativa y deterioro de la legalidad pública, así como factores disgregadores graves como la criminalidad, el narcotráfico y la corrupción de sus instituciones.
Por cierto que la situación brasileña se encuentra en otro escalón, considerablemente más alto, debido a sus capacidades para afrontar tales cuestiones, como potencia exportadora dotada de una avanzada y diversificada infraestructura industrial tanto como por la magnitud y contrastes en su propia constitución de dimensiones continentales.
De tal modo, la agenda del nuevo gobierno brasileño parece firmemente encaminada a encarar sus principales objetivos sociales, económicos e internacionales sobre la base de la consolidación del proyecto de integración con sus vecinos; proyecto en el cual nuestro país es el socio principal. Por otra parte, luego de más de una década de proceso de integración, el Mercosur se presenta como una alternativa económica y política adecuada, en el marco de la configuración de bloques geoeconómicos en el escenario global.
Pero, en los últimos años, las fluctuaciones de las economías, las cuestiones políticas internas y, en general, las turbulencias financieras internacionales, contribuyeron en la generación de conflictos e incompatibilidades entre los países del acuerdo. También contribuyeron, en este sentido, actitudes políticas de los gobernantes, contradictorias con objetivos y compromisos asumidos en el marco del proyecto integrador. Por otra parte, la transmisión de los efectos de las crisis nacionales a través de las fronteras mostraron, al mismo tiempo, la interdependencia de las economías como la imposibilidad de enfrentar los problemas del presente o del futuro en forma autárquica.
Fueron precisamente las crisis y dificultades internas, más que las perspectivas favorables en los mercados, las que volvieron a poner en funcionamiento la iniciativa y voluntad política de la integración regional. Así fue hace un año, cuando la reunión de presidentes en Buenos Aires dio un respaldo a nuestro país en medio de su más severa crisis institucional, los efectos de la devaluación, el derrumbe bancario y el "default" crediticio. Allí se decidió dar entidad concreta a una secretaría del Mercosur y se acordaron mecanismos de arbitraje para litigios comerciales.
A partir de la llegada de Luiz Inacio Lula da Silva al gobierno de Brasil, la relativa estabilidad en los mercados y el compromiso manifestado por el Gobierno argentino, pudieron delinearse condiciones favorables para retomar la agenda de la integración regional .
Esta agenda, según los acuerdos arribados por los presidente Eduardo Duhalde y Lula, articula los principales ejes económicos, sociales y políticos que dieron forma al Mercosur, en su momento, como algo más que una zona de libre comercio.
Las propuestas de conformar un Instituto Monetario, como paso previo a la creación de una moneda común, compartir los programas contra el hambre y constituir un Parlamento regional, colocan nuevos objetivos que revitalizan las expectativas integradoras.
La creación de un grupo de países de la región para interceder en la crisis venezolana bajo el paraguas de la OEA, el reconocimiento del grave problema que representan las actividades ilegales en la Triple Frontera y de la necesidad de combatirlas de manera coordinada y conjunta y la ratificación explícita del uso pacífico de la energía nuclear y la adhesión a la no proliferación, completan los aspectos fundamentales de esta oportuna convergencia.
Ella muestra que la evolución interna de nuestros países se encuentra directamente relacionada con el contexto regional: la inestabilidad o conflictividad que se genera en cualquier área territorial vecina o arena de intereses encontrados en el nivel de los países, las empresas o los grupos sociales, impacta fuerte y negativamente sobre cualquier previsión interna que soslaye su existencia e importancia .
Es, al mismo tiempo, a partir de una construcción encarada desde los respectivos gobiernos nacionales en instancias de integración supranacional —tal como lo muestra el ejemplo de la Unión Europea— como dicho contexto regional podrá ofrecer mayor estabilidad, previsibilidad y perspectivas de desarrollo.
En esta perspectiva hay que tener en cuenta que la armonización macroeconómica indispensable para avanzar hacia una moneda común no es sencilla por varias razones. En primer lugar, porque requiere que cada país ceda parte de su soberanía en materia de política económica. Luego, porque obliga a compatibilizar intereses encontrados en cuestiones productivas y comerciales. Finalmente, la consolidación de los proyectos de integración requiere que las economías participantes evolucionen en forma relativamente simétrica.
Por eso, las propuestas de complementación comercial, monetaria y de política exterior deben considerarse tomas de posición política que abren un largo camino de negociaciones, en el cual los miembros del Mercosur deberán compatibilizar intereses productivos y políticos internos con sus estrategias en el orden internacional.
La decisión de Argentina y Brasil de dar un nuevo impulso revitalizador al Mercosur se inscribe en un momento crucial, tanto para la inserción económica y geopolítica de la región en el concierto internacional como para las oportunidades y desafíos internos de ambos países.
Tanto Brasil como Argentina enfrentan difíciles frentes externos y complejos problemas domésticos, con deudas elevadas y problemas presupuestarios. En ambos casos, además, los gobiernos y las sociedades civiles deben remontar graves situaciones de exclusión, pobreza, desatención sanitaria y educativa y deterioro de la legalidad pública, así como factores disgregadores graves como la criminalidad, el narcotráfico y la corrupción de sus instituciones.
Por cierto que la situación brasileña se encuentra en otro escalón, considerablemente más alto, debido a sus capacidades para afrontar tales cuestiones, como potencia exportadora dotada de una avanzada y diversificada infraestructura industrial tanto como por la magnitud y contrastes en su propia constitución de dimensiones continentales.
De tal modo, la agenda del nuevo gobierno brasileño parece firmemente encaminada a encarar sus principales objetivos sociales, económicos e internacionales sobre la base de la consolidación del proyecto de integración con sus vecinos; proyecto en el cual nuestro país es el socio principal. Por otra parte, luego de más de una década de proceso de integración, el Mercosur se presenta como una alternativa económica y política adecuada, en el marco de la configuración de bloques geoeconómicos en el escenario global.
Pero, en los últimos años, las fluctuaciones de las economías, las cuestiones políticas internas y, en general, las turbulencias financieras internacionales, contribuyeron en la generación de conflictos e incompatibilidades entre los países del acuerdo. También contribuyeron, en este sentido, actitudes políticas de los gobernantes, contradictorias con objetivos y compromisos asumidos en el marco del proyecto integrador. Por otra parte, la transmisión de los efectos de las crisis nacionales a través de las fronteras mostraron, al mismo tiempo, la interdependencia de las economías como la imposibilidad de enfrentar los problemas del presente o del futuro en forma autárquica.
Fueron precisamente las crisis y dificultades internas, más que las perspectivas favorables en los mercados, las que volvieron a poner en funcionamiento la iniciativa y voluntad política de la integración regional. Así fue hace un año, cuando la reunión de presidentes en Buenos Aires dio un respaldo a nuestro país en medio de su más severa crisis institucional, los efectos de la devaluación, el derrumbe bancario y el "default" crediticio. Allí se decidió dar entidad concreta a una secretaría del Mercosur y se acordaron mecanismos de arbitraje para litigios comerciales.
A partir de la llegada de Luiz Inacio Lula da Silva al gobierno de Brasil, la relativa estabilidad en los mercados y el compromiso manifestado por el Gobierno argentino, pudieron delinearse condiciones favorables para retomar la agenda de la integración regional .
Esta agenda, según los acuerdos arribados por los presidente Eduardo Duhalde y Lula, articula los principales ejes económicos, sociales y políticos que dieron forma al Mercosur, en su momento, como algo más que una zona de libre comercio.
Las propuestas de conformar un Instituto Monetario, como paso previo a la creación de una moneda común, compartir los programas contra el hambre y constituir un Parlamento regional, colocan nuevos objetivos que revitalizan las expectativas integradoras.
La creación de un grupo de países de la región para interceder en la crisis venezolana bajo el paraguas de la OEA, el reconocimiento del grave problema que representan las actividades ilegales en la Triple Frontera y de la necesidad de combatirlas de manera coordinada y conjunta y la ratificación explícita del uso pacífico de la energía nuclear y la adhesión a la no proliferación, completan los aspectos fundamentales de esta oportuna convergencia.
Ella muestra que la evolución interna de nuestros países se encuentra directamente relacionada con el contexto regional: la inestabilidad o conflictividad que se genera en cualquier área territorial vecina o arena de intereses encontrados en el nivel de los países, las empresas o los grupos sociales, impacta fuerte y negativamente sobre cualquier previsión interna que soslaye su existencia e importancia .
Es, al mismo tiempo, a partir de una construcción encarada desde los respectivos gobiernos nacionales en instancias de integración supranacional —tal como lo muestra el ejemplo de la Unión Europea— como dicho contexto regional podrá ofrecer mayor estabilidad, previsibilidad y perspectivas de desarrollo.
En esta perspectiva hay que tener en cuenta que la armonización macroeconómica indispensable para avanzar hacia una moneda común no es sencilla por varias razones. En primer lugar, porque requiere que cada país ceda parte de su soberanía en materia de política económica. Luego, porque obliga a compatibilizar intereses encontrados en cuestiones productivas y comerciales. Finalmente, la consolidación de los proyectos de integración requiere que las economías participantes evolucionen en forma relativamente simétrica.
Por eso, las propuestas de complementación comercial, monetaria y de política exterior deben considerarse tomas de posición política que abren un largo camino de negociaciones, en el cual los miembros del Mercosur deberán compatibilizar intereses productivos y políticos internos con sus estrategias en el orden internacional.
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